M. C. Escher (1898 - 1972)

M. C. Escher (1898 - 1972)

Mirando hacia abajo, desde un punto de vista demagógico, la sensación que produce es comparable a la versatilidad de un arma acuática. Es decir, no emerge el juicio: aquello por lo que tanto luchó el conocido abogado castellano, justo unos meses antes de controlar el temporal. Acabó su particular cruzada, concretamente, el día que decidió no construir el molino de trigo y se dejó llevar por la harina hacia un lugar repleto de placas solares, con la intención de practicar la pesca de altura.

El caballo no pudo convencerle de la psicología matriarcal. Aquella por la que debía partir -en lugar de quedarse- y comenzar a cortar rebanadas, verbo que su compañera empleaba para calificar cualquier intento por parte del mamífero de entrar en la Real Academia de la Lengua, una extraña obsesión al alcance de multitud de golosos.

En realidad, ninguno de los dos pretendía averiguar la verdad. Por eso, celebraron una clasificación de objetos automovilísticos muy similar al gas y se olvidaron del tema.

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Radiohead-Fake-Plastic-Tree-68635No puedo más. Verla así me agota, me desgasta.

Pero siento que si huyese, explotaría y saldría proyectado, agujereando el techo, directo a ninguna parte. ¿Sabéis lo que hizo? Para regar su planta china sintética, compró una regadera de plástico verde en una ciudad repleta de mentiras. Además, su marido, un hombre de poliéster agrietado, lo único que hace es resquebrajarse y, en ocasiones, arder.

Los dos están muriendo.

Y ella está acabando conmigo. Parece tan real… su piel sabe como si fuera de verdad. Pero sé que no lo es y, aún así, no puedo evitar quererla. Mi amor de plástico, no podemos estar juntos.

Quizá, si yo pudiera ser quien tú quieres… todo el tiempo…

Interpretación de la letra del temazo Fake plastic trees de Radiohead.

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The Bends (1995)

Sí, y no me refiero a los que guardan el dinero, estoy hablando de los bancos para sentarse, esos de madera que brotan por las calles y parques de toda España. Esos bancos que, hasta ayer, yo concebía como un elemento más del mobiliario urbano pero que en realidad son la infraestructura oculta de una compleja red de información formada por auténticos friquis. Por lo menos en Lavapiés.

Esto fue lo que ocurrió. Llegué demasiado pronto y no me quedaba otra opción que esperar, así que decidí hacerlo sentado en un banco ocupado por dos señoras mayores, junto a la boca del metro. Sabía que no habría ningún problema en utilizar el hueco libre, ya que conozco la mentalidad abierta y acogedora de los viejecitos cuando están sentados en un banco, que incluso saludan al incauto que se incorpora -en este caso yo- y, desde el momento en que sus nalgas hacen contacto con el tablón del asiento, le consideran miembro de confianza del grupo, como si de repente estuviésemos viajando todos juntos en un seiscientos a Almería (referencia personal, puede que, incomprensible).

Una vez sentado, abrí el libro que llevaba con la inocente ilusión de leerlo. Una de las señoras hablaba demasiado y parecía conocer la vida de todas las personas que cruzaban por delante del banco (nodo de información a partir de ahora), en concreto, estaba especializada en trapos sucios de las gentes de Lavapiés. Mientras, yo intentaba no desconcentrarme y seguir en Londres, lugar en el que está ambientada la novela que leía. Pero fue imposible. De repente, la señora cotorra me incluye a mí como receptor de sus mensajes -además de a su amiga oyente pasiva- y nos dice: ¡cuidado! ¡No dejéis que se siente esa vieja que viene por ahí! ¡Es una guarra alcohólica! Giro la cabeza y veo como se acerca, lentamente, cual nave imperial de hedor, una mujer, muleta en mano, vestida con un camisón, gorda, de pelo blanco, sucio y alborotado, mirada inteligente y un gesto que transmite el sádico placer que le produce la situación. Allá voy -debía estar pensando- morirán ahogados en mi nube de caca. Pero la señora cotorra reacciona rápido y coloca una bolsa de plástico llena de cosas en el minúsculo espacio de asiento que pretende ocupar la señora olorosa. Por su parte, la señora oyente pasiva, sigue ahí, sin mucho que aportar a la historia.

Hay tensión. Señora olorosa ha observado la treta de señora cotorra, pero no sabemos si dará resultado. Nuestra rival nos mira y nosotros le miramos a ella mientras se acerca más y más, conservando su perversa sonrisa. Fija su atención en la bolsa, nosotros en ella, ella en nosotros y, finalmente, se rinde, ordena al puente de mando virar a babor y alcanzar el siguiente nodo de información, ocupado por soldados inexpertos que la obedecen sin resistencia, cuando ella les dice, con la mano -y nada más-, echaos pa’llá.

El mal rato ha pasado, aunque no para mí, que ahora estoy sólo con señora cotorra porque señora oyente pasiva ha huido. Continuar leyendo mi libro es una utopía en este momento, pero lo simulo para que señora cotorra no se emocione. Aún así, me cuenta que señora olorosa es una borracha, que fue dueña de una casa de putas, que fue puta, que huele mal porque no se lava y que los cuarenta millones de pesetas que obtuvo de la venta de un piso se los gastó en alcohol en sólo dos meses. Es, irónicamente, una máquina expendedora de mierda contra su apestosa coetánea.

Afortunadamente, llega la persona que estoy esperando. ¡Adiós!

Ayudas a los demás pero lo haces por egoísmo, porque quieres sentirte bien contigo mismo. Seguro que habéis escuchado esta frase en alguna ocasión. Recuerdo la primera vez que la oí, en 2000, haciendo botellón en Tribunal. Una chica rubia que bebía Martini con limón fue la emisora del mensaje y responsable de mis reflexiones posteriores: ¡oh, cielo santo! El ser humano nunca se librará de su naturaleza egoísta. O sea, que todas esas personas que ayudan a los demás (médicos, bomberos, integrantes de ONGs,…) son, en realidad, una panda de hipócritas egoístas. ¡Cómo nos la han colado los muy cabrones!

Por otra parte, el argumento era la excusa perfecta para no participar en actividades solidarias, aparentando –y esto es lo mejor- una integridad personal inquebrantable. Por ejemplo, si alguien me intentaba meter en algún fregado tipo esto:

- ¿Has pensado algo sobre el proyecto del que te hablé el otro día?

Yo contestaba:

- ¿Te refieres a lo de ir a África a ayudar a niños pobres, desnutridos y sin escolarizar? ¡¿Pero tú qué te crees?! ¡¿Qué soy un miserable egoísta o qué?!

Y me iba a mi casa a jugar al Monkey Island, entretenimiento que no suponía traicionar mis principios (el Monkey Island es anterior a 2000, pero estoy empleando una técnica de relato llamada No tengas en cuenta la realidad, que proporciona gran libertad a la hora de escribir). Pasadas unas semanas, una vez muerto LeChuck, me di cuenta de lo bien que me hacía sentir no ayudar a los demás y, gracias a esto, no ser egoísta. Me enganché. Un día, una viejecita ciega que quería cruzar un paso de cebra, me pidió ayuda. Ya estamos otra vez -pensé- ¿qué maligno ser desea que caiga en la tentación del egoísmo? Le dije que, por principios, no podía auxiliarla y, para dejar constancia de que no pretendía utilizarla en mi propio beneficio emocional, le robé su bastón. Una vez más, había escapado de las garras del destino, que pretendía convertirme en un perfecto ególatra.

Durante varios meses, buscar gente a la que negar socorro se convirtió en mi único objetivo vital, pero descubrí que sólo lo hacía para sentirme bien conmigo mismo, es decir, la misma motivación que impulsaba a otras personas a ayudar. Recapacité y concluí que no debía elegir entre ser egoísta o no. La cuestión era escoger entre un tipo de egoísmo u otro, sólo diferenciados por sus repercusiones en el entorno.

¿Final con moraleja? Qué coño es esto, ¿una película de Disney?

Diré algo surrealista: ¡mira, detrás de ti, un mono con tres cabezas!

the_doors_-_light_my_fireNunca me agradaron los prolegómenos. Por eso, cuando capté que la tía estaba interesada en mí, paré el teatro, era ridículo. Le dije que ella sabía que, si seguíamos actuando, todo sería un camelo y yo, un farsante. Estaba de acuerdo. Como a mí, le gustaba jugar con las cartas boca arriba, modalidad en la que no hay lugar a las dudas. Llegados a ese punto, sólo quedaba observar cómo la química que había entre nosotros nos quemaba, literalmente, hasta convertirnos en cenizas. Yo deseaba que fuera ella la encargada de empezar, pero no encontraba las palabras para transmitirle lo que se me estaba pasando por la cabeza. Vamos, tía… repetía mentalmente, intentando, sin esperanza, que adivinase mis pensamientos.

Interpretación de la letra del temazo Light my fire de The Doors.

The Doors (1967)

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Michael-Jackson-Billie-Jean-234986Llegó, se presentó y me dijo que estaba embarazada. No sólo eso. Clavando su mirada en mí, más atractiva que cualquier diva del cine, gritó que el padre era yo. Las personas que estaban alrededor presenciaron la escena y, por las caras de los tíos, intuí que deseaban haber sido ellos los responsables.

La gente siempre me ha recomendado que no vaya por ahí rompiendo el corazón de  las chicas. Nunca olvidaré una frase de mi madre: “elige cuidadosamente a quien amas, piensa lo que haces. Una mentira puede convertirse en realidad”.

No me acosté con ella. Aunque asegure que el padre soy yo, ese niño no es mío me repetía constantemente. Durante mucho tiempo la ley estuvo de su lado y yo era incapaz de hacer frente a sus tretas. Estaba harto, no aguantaba más, ya no sabía qué decirle. En una ocasión, sólo me salió un ridículo amago de intimidación. Piensa dos veces las cosas antes de actuar, le amenacé.

No me libraba de la chica ni dormido. Recuerdo un sueño, tan real, que logró perturbarme. Ella se quedaba parada a dos centímetros de mí, mirándome la boca. Mientras, su dulce perfume seducía mis sentidos uno por uno. Nuestros labios no se tocaban, pero me invitaba a entrar a su habitación con una palabra que transmitía más calor que el último beso. Pasa.

No me acosté con ella. Volví a pensar cuando desperté.

Inspirado en el temazo Billie Jean, de Michael Jackson. Thriller (1982)

Uno de los defectos que acompañan al ser humano desde el inicio de su existencia es tropezar varias veces con la misma piedra, causado, quizá, por nuestra inseparable manía de olvidar. Pero lo preocupante no es que una persona caiga y olvide, caiga y olvide -al fin y al cabo, sólo se hace daño a sí misma- sino que, como grupo, no seamos capaces de avanzar y dejar de cometer los mismos errores, condenando así a las siguientes generaciones a sufrir nuestra torpeza. Charles Chaplin, en 1936, ya censuró la filosofía inhumana del sistema de producción empresarial y 73 años después sigue ocurriendo lo mismo en multitud de compañías, sustituyendo las monstruosas máquinas por elegantes ordenadores y las toscas palancas de hierro por flamantes ratones ópticos. La filosofía de este tipo de empresas se basa en una idea muy simple: controlar al empleado a través de sus sentimientos y necesidades para que produzca al máximo. Por cortesía de Abraham Harold Maslow (1908-1970), psicólogo estadounidense, las necesidades del individuo:

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Según Maslow, existen cinco niveles de necesidades que, como veis, representa gráficamente en una pirámide. Las reglas del juego: para sentir el impulso de querer alcanzar un nivel superior, tiene que estar cubierto el inferior. Por ejemplo, si una persona no ha dormido en tres días, deseará con todas sus fuerzas encontrar un sitio para descansar, antes que encontrarse con sus amigos y apreciar que forma parte de un grupo. Una vez satisfecha la necesidad de dormir, su cuerpo estará listo para anhelar lo que ofrecen los niveles superiores.

Lo aplicamos al curro. La mayoría de los mortales trabajamos para cubrir las necesidades de los dos primeros niveles. Habitualmente, conseguimos el quesito de las categorías superiores fuera del ámbito laboral: familia, amigos, pareja, proyectos personales, etc. Y lo logramos a cambio de lo mismo que ofrecemos, afecto y estima. Esto nos permite, en ocasiones, tener los cinco quesitos, llegar al vértice de la pirámide, contestar a todas las preguntas y sentirnos completamente realizados.

El miserable maquiavelismo empresarial entra en escena. Algunas compañías descubrieron que, además de pagar con dinero, podían pagar con sentimientos. Y no unos cualquiera, tenían la posibilidad de hacer negocio con las sensaciones más codiciadas, las únicas que te transportan directamente a la autorrealización. Resultado: la gente pica, pero, en lugar de autorrealización, sólo encuentra infelicidad y, sus emociones, embargadas de por vida.

Acabo de describir la estrategia que siguen de este tipo de empresas. Los métodos empleados, que incluyen técnicas de modificación de conducta o condicionamiento al más puro estilo La Naranja Mecánica, son más ruines aun. Os cuento los mejores, seguro que os suenan.

Galletitas

Si has hecho algo bien, te mereces una galletita por parte de tus superiores. En forma de sonidos articulados sería algo como: muy buen trabajo (equivalencia en dinero: 30€).

Autogalletitas

En este caso, lo de muy buen trabajo te lo dices tú a ti mismo. Son las más peligrosas. La empresa ya no necesita recompensarte para reforzar tus conductas dirigidas a producir, lo haces tú. Estar enganchado a las autogalletitas es uno de los ingredientes esenciales para cocinar una adicción al trabajo de chuparse los dedos.

Eso no se hace

Si has hecho algo mal, los amos te darán un toque de atención que corrija tu conducta y no te convierta en una oveja descarriada. Tienes suerte de que el ser humano sea tan simple porque, cual rata, a partir de ese momento tu cerebro intentará evitar la conducta que ha generado el castigo.

Galletitas de mentira

Cuando un toque de atención te deja el contador de autoestima casi a cero y es percibido por los supervisores, éstos, temiendo que dejes de producir a causa del bajón, te obsequiarán con una galletita de mentira. Por ejemplo, grapas un par de hojas y alguien te dice: ¡Excelente trabajo! (equivalencia en dinero: 5€).

La habitación del pánico

Es una técnica de intimidación que consiste en llevar al roedor a una sala de reuniones, junto con sus amos, los cuales le someten a la presión necesaria para provocar la reacción que buscan.

¡Mira Toby, una tarea en la que usar tu inteligencia!

El hueso es francamente atractivo. Por fin alguien ha sabido ver lo listo que eres y te ofrece una labor que se ajusta a tus capacidades intelectuales. Qué mejor forma de ponerte a prueba a ti mismo, salir victorioso y ganar en autoestima el equivalente a 500€. Así, en vez de 900, parece que ganas 1.400.

La ilusión de perfección

Algo tan evidente como que nadie es infalible no evita que, en el curro, pretendamos aparentar ser perfectos por medio del honorable truco de ocultar errores, aprendido, como no podía ser de otra forma, de nuestros jefes. Los pobres harían cualquier cosa por mantener intacta su autoridad y seguir repartirendo galletitas.

Momento Zen

Después de un tiempo sometido a las técnicas de modificación de conducta y condicionamiento, el moldeamiento empieza a surtir efecto. El trabajador se concibe a sí mismo como un aprendiz y a sus superiores como maestros. No puede estar más equivocado. Es como confundir al señor Miyagi con la señorita Rottenmayer, o a Obi-Wan Kenobi con Lola, o a Morfeo con Franco, o a… bueno, creo que lo habéis pillado: no son maestros, son domadores.

Gusto por la limpieza

Con el objetivo de que no nos salpique ni una gota de mierda procedente de algún problema que tenga un compañero nuestro con cualquier otro, debemos ir siempre a nuestra bola y preocuparnos, sólo, por nosotros mismos y nuestras relaciones, incluso si eso supone dejar los principios en el camino. ¡No intervención! ¡Es la solución!

Sueco Style

Fingir que nada de lo anterior sucede es un requisito imprescindible para seguir produciendo. El Sueco Style  consigue  formar un ejército de hipócritas que nunca permitirá detener la maquinaria empresarial.

¿Cuáles son las consecuencias de todas estas técnicas, conductas y pensamientos? Muchas malas, una buena. Entre las malas, destaca el surgimiento de un Sistema de Valores de Pacotilla (SVP) que, al ser aceptado y respetado, provoca un espejismo de ética. Es, ni más ni menos, la Ética Light. Además, como las personas tenemos piernas y boca, es sencillo que el SVP se contagie a otras empresas o al resto de la sociedad y, como resultado, se lie parda.

Ahora voy a explicar la consecuencia buena -la idea más importante de todo este rollo que acabo de soltar- y termino.

El entrenamiento dirigido a producir, a pesar de socavar la personalidad del individuo, cumple su objetivo, es decir, se desarrollan nuevas habilidades, se adquieren conocimientos y se interiorizan métodos. Estas capacidades hay que aprovecharlas para cambiar el sistema desde dentro. ¿Sabéis cómo producir? Producid lo que vosotros queráis. Utilizad la forma, destruid el contenido.

Como diría Obi-Wan, que la fuerza os acompañe.