
Sara en su nueva casa hablando por telefono con Fran el de contabilidad sobre la hora y el lugar en el que quedar por la noche
A Sara, en realidad, no le apetecía ir al garito. Pero cuando la masa -en este caso siete personas- está de acuerdo en algo, es difícil conseguir que se baraje cualquier otra posibilidad. Además, no quería oponerse a la decisión de todos sus compañeros de trabajo y, aunque consiguiese convencerles de ir a otro sitio, sabía que después se sentiría responsable de su diversión, algo de lo que hacía tiempo había decidido huir. Así que no le quedaba otra opción que ir al Dependent. Asumía las consecuencias: demasiada gente, ruido, pachanga y diálogos que acaban con una sonrisa después de no haber entendido ni una sola palabra de la conversación.
Los cuarenta y cinco minutos que estuvieron en la cola para entrar a la sala parecieron dos horas porque Fran, pesado de vocación y contable de profesión, le obligó a fingir interés por lo que le estaba contando. Él pretendía sacarse unas oposiciones y estudiaba todos los días en una habitación rectangular, de color blanco, pequeña y con una palmera diminuta encima una mesa como único elemento decorativo. Pero últimamente no podía estudiar. La paranoia se la había provocado su compañero de piso al contarle que en los años setenta un cantante de rock se había intentado suicidar en ese mismo lugar pero que no lo había conseguido porque la habitación no tenía lámpara y no le quedó otra opción que abandonar la idea de acabar consigo mismo.
- “¡Es increíble que una lámpara le salvara la vida!”
- “Bueno, la ausencia de la lámpara”, respondió Sara.
- “¡Sí! ¡Claro! Pero lo que te quiero decir es que hay objetos a nuestro alrededor que nos salvan la vida todos los días y no somos conscientes de ello. Las sillas, por ejemplo. ¿Dónde nos sentaríamos sin ellas?
- “No lo concibo”, intentó concluir Sara.
Mientras Fran seguía hablando sobre los “objetos salvadores”, Sara sacó el móvil y envió un mensaje al chico que conoció el fin de semana anterior: “un nuevo principio para tu ética light: dar gracias a las sillas”. Él lo recibió mientras volvía a su casa en el búho y no le hizo gracia. Al instante siguiente recordó su cuello -más bien su tacto en los labios- y el chiste, súbitamente, se redefinió como una muestra de sutileza y humor inteligente. “Responder”.



