Ciertas cosas siempre las hacemos mal. Son casos en los que la inteligencia no sirve de nada, pues nos sometemos a otro tipo de guías de la conducta (igual o más poderosas que la razón) como la costumbre, la tradición, la superstición o la vaguería.

Dentro de este tipo de casos se podría incluir un extraño fenómeno que ocurre en la casa de una persona que cuando nació, intentaron ponerle nombre; pero se resistió tanto que desistieron. En su piso de Madrid, la colocación de algunos objetos sigue una regla tan rígida como incómoda para la vida cotidiana. Esta estúpida norma consiste en que una cosa A debe sujetar a otra B. La consecuencia inevitable es que si coges A, B cae. Parece que a él no le molesta, pero para el resto de los mortales con nombre es extremadamente irritante que siempre que muevas A caiga B. Y saber que siempre que necesites C, tendrás que colocar D. Esta muestra de la torpeza humana, repetida de forma persistente y sin que haya posibilidad de cambio, causa un agobio comparable al que producirían dos manos invisibles oprimiéndote la tráquea y dejándote respirar sólo cuando ellas así lo decidieran.

Pero él, en cambio, no sufre. Dice que emplea este método de colocación de los objetos para ser completamente consciente del delicado equilibrio en el que todo se encuentra, no sólo en su casa, sino fuera de ella. Si no tocas nada, nada cae, nada ocurre. El problema es que el equilibrio es muy fácil de romper. Una ligera brisa puede provocar que caiga A, después B, luego C e inevitablemente, al final de la cadena, acaba sucediendo lo que tiene que suceder para restablecer un nuevo y fugaz equilibrio, perfectamente preparado para saltar por los aires a la mínima de cambio.

Hay palabras que, de tanto usarlas cuando apetece en lugar de cuando es apropiado, ya no sabemos qué significan. Demagogia es una de ellas. Cada vez que un tertuliano sulfurado la utiliza en algún debate de la tele, tengo que hacer un esfuerzo y recordar su verdadero significado para no resultar contagiado por la fiebre demagógica.

La verdad es que queda bien decirla. Demagogia es al lenguaje formal lo que hijo de puta al lenguaje informal. Si quieres insultar con estilo, casi como si lo hicieras en francés, di: “¡eso es demagogia!” o mejor aún: “¡demagogo!” Es lo más chic dentro de los insultos cultos.

Pero vayamos al significado real. El diccionario de la RAE dice:

1. Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular.

2. Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.

Ahora veamos algunos ejemplos de lo que es demagogia y lo que no:

Ejemplo 1:

Amigos, gracias por leer este blog. Yo sé que estáis ocupados porque trabajáis duro para dar de comer a vuestros hijos, pero gracias a vuestra capacidad de superación y tenacidad, sois capaces de sacar unos minutos de vuestro tiempo y visitarlo. Esto es demagogia.

Ejemplo 2:

Eres más guapa que un remolque recién pintado. Esto no es demagogia.

Ejemplo 3:

Si no visitas mi blog me sentiré muy mal. Esto es chantaje emocional.

Ejemplo 4:

Si no visitas mi blog mataré a tu perro. Esto es chantaje animal.

Ejemplo 5:

Yo sé cuánto queréis a vuestros hijos y lo importante que es su educación para vosotros, por eso, voy a privatizar la universidad. Esto lo diría un demagogo.

Ejemplo 6:

-    Me gustan tus pantalones
-    ¿Si? Son nuevos.
-    ¡Hala! Déjame pedir un deseo.
-    ¡Vale!

Esto es una costumbre estúpida.

¡Hasta aquí el primer capítulo de esta nueva sección! (¿Os esperabais un final más elaborado? Ya, yo también).

Nochevieja 08

Aunque no te vea,  ya sé quién eres.
No necesito muros, sé que están ahí.
No me importa lo que digas, sé lo que piensas.
El mundo es muy grande, pero el mio es muy pequeño.
El pasado, un esbozo.
El futuro, siempre inconcluso.
El presente, mi vida.
Y tú, ¿quién eres tú?

fbfeliz2

fbguay2

fbhuevo2

fbvida2

  • Lo difícil que es conocer gente nueva en Madrid.
  • Irnos de casa.
  • Conseguir un buen trabajo.
  • Estilos de vida.
  • Estilos de muerte.
  • Cambiar.
  • Cómo salirse del camino.
  • Cómo cantar From me to you.
  • Buenrollismo o sinceridad.
  • El iPod, el portátil, la ropa, el móvil, el coche, las cañas, la entrada para el garito, Nueva York y Berlín.
  • Cómo puede ayudar todo lo anterior a los países subdesarrollados.
  • Cómo divertirse.
  • Cómo superar rupturas.
  • Cómo ligar.
  • Cómo encontrar a alguien.
  • Por qué no hay nadie.
  • Por qué cuando lo hay, se producen desapariciones.
  • Freir, ensaladas, pasta, sandwiches. Next level: la Olla.

Vivimos tiempos difíciles. El otro día fui a comprar a los chinos un chicle de fresa y no tenían. “Por la crisis”, me dijeron.  Volviendo a mi casa me fijé en la cantidad de hojas que se habían caído de los árboles, hecho que, preocupado, comenté con el jardinero del bloque. “Por la crisis”, me respondió también. La frase se me coló en mi cabeza y empezó a rebotar en todas direcciones. La indefensión y la impotencia me llevaron directo al miedo: ¿estamos a merced de la crisis? No, podemos rezar.

Como lo que se lleva ahora en la Tierra en creer en un solo dios, la primera medida religiosa contra la crisis en la que pensé fue ir a la parroquia de mi barrio a orar un rato. Pero me sentí un poco mal por Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo que, aunque parece que son tres que más o menos se pueden apañar para repartirse súplicas, plegarias y demás, son sólo uno, lo que dificulta el trabajo considerablemente.

Así que me he convertido al politeísmo. En concreto me gusta la mitología griega: según mis necesidades puedo elegir dios y pedirle lo que sea. También he decidido que voy a creer en Gandalf y en Albus Dumbledore, son majos y parece que llevan el mismo rollo. Al fin y al cabo, tienen las mismas probabilidades de existir que Dios, Alá o Buda, a no ser que el número de personas que creen que algo existe tenga una relación directamente proporcional con las probabilidades de existencia de ese algo.

El único problema es que los dioses del Olimpo, Gandalf y Dumbledore se han quedado muy desfasados. Por eso, propongo que creemos nuevos dioses para nuestras nuevas e inanes –a la vez que prácticas- necesidades. Empiezo: el dios Hormiga, el más trabajador de todas las deidades y responsable de las carreras profesionales de todos los seres humanos. ¡Oh! ¡Dios Hormiga! ¡Toma este texto como sacrificio y proporcióname una carrera profesional digna! ¡Oh Hormiga! ¡Gracias Hormiga!