La música tiene una capacidad casi única para transformar el ambiente y provocar cambios. Habitualmente, si hay música -y en esto se parece bastante a una chimenea encendida- es porque por lo menos hay una persona escuchando y lo más importante: algo sucede.
Pero hay veces que no ocurre nada. Te das cuenta cuando vas caminando, deja de sonar el disco que tenías puesto y de repente, empiezas a oír la realidad. Tus pies andando sobre la tierra, el ruido lejano de un coche, una corriente de aire o el crujir de una hoja seca cuando la pisas. No pasa nada, qué decepción. La música mantenía el interés, le daba sentido a ese camino. Una mierda de sonidos que se te colaban por las orejas eran los responsables de que todo tuviera un porqué durante un rato y en un instante, sin avisar, te han dejado caer al puto suelo. La música le daba el toque trascendental al momento, como hace muchas veces. Pero también, en muchas ocasiones, la realidad no está a la altura.
Es entonces cuando me lo pienso dos veces, resuelvo que es mejor que mis pies no se eleven ni un centímetro del suelo, me resisto y al final no le doy al 
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Me siento culpalbe por la felicidad
me cabrea la culpa
me irrita el cabreo
me cansa la irritación
me agobia el cansancio
me estresa el agobio
me sublevo contra el estrés
me satisface la sublevación
y me gusta la satisfacción.
Seguro que algún lugar de nuestro cerebro está especializado en guardar toda la información relativa a esos grandes desconocidos: los vecinos. ¿Cuántas neuronas se encargarán de guardar estos datos? ¿Una por vecino? ¿Una por piso? ¿O una sola vale para todos? Ni idea, la verdad. Ahora que lo pienso, tampoco sé cómo se llama la zona, así que la bautizaré como el vecinocampo.
El vecinocampo se activa automáticamente cuando nos cruzamos con un vecino. Y, al instante, pone en marcha el esquema de actuación pertinente. Primero se dice hola, la palabra que nos mantendrá unidos a ellos y en la que cimentaremos la relación durante todos los años de nuestra vida. Después, el proceso se divide en condicionales. Si subimos con ellos en el ascensor, queda bien recordar el piso en el que viven, aunque yo no me sé ninguno -la verdad- y siempre me sorprende cuando me preguntan: “al quinto, ¿no?”. Qué exhibición de memoria. Y todavía tiene más mérito si piensas que la media de edad de mi bloque es de 70 años. Cualquier día le salen ruedas al edificio y nos vamos todos de vacaciones a La Manga a jugar a la petanca.
Entonces el ascensor se pone en marcha. Es cuando siento que debería llevar un cartel para despajar cualquier duda: no necesito hablar del tiempo, gracias. De verdad, no pasa nada. Para que la relación funcione tenemos que seguir ajustándonos al hola y al hasta luego. ¡¿No lo entendéis?! ¡No hace falta profundizar hablando sobre si ha refrescado a partir de las siete de la tarde! ¡Tampoco me sentiré más unido a vosotros si me preguntáis que si voy a comer ya o qué! ¡No me tocaréis ninguna fibra sensible si me transmitís vuestra preocupación por la cantidad de propaganda que hay en el buzón! ¡No hace falta, vecinos míos! Os quiero igual.
Y ahora os quiero más aún. No me habéis visto durante cinco meses pero, al cruzarme con vosotros en la escalera, es como si no hubiera pasado el tiempo. Me veis la cara, yo veo la vuestra, se activan nuestros vecinocampos y nos decimos hola. Todo correcto en la excepción espacio-temporal de la escalera del bloque.
Buscar. Disfrutar el camino. Porque no hay otra cosa que caminos.
El punto final es otro punto de partida.
Onlyways.

