Cerbero, el can que guarda las puertas de Hades

Cerbero, el can que guarda las puertas de Hades

“Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal”

El Aleph. Jorge Luis Borges

En efecto, hoy voy a hablar de morir, verbo que no suena tan mal como el sustantivo: muerte. Es como decir sexo en lugar de follar (aquí es al revés, el sustantivo suena mejor). Así que, a quien tenga el día chungo, le aconsejo que se dirija a otro sitio web en donde se ignore el hecho de que algún día dejaremos de respirar, no será difícil encontrarlo, el 99% del tiempo de nuestras vidas lo pasamos obviando que ‘el chollo’ no durará  siempre. Que, como dice mi abuelo, dentro de mil años todos seremos calvos, que la vida es una enfermedad de transmisión sexual… en fin, amigos, que nos vamos a morir.

Para tratar el tema he buscado un compañero de post que disfruta de un caché más elevado que el mío, se trata de Jorge Luis Borges. Iré citando frases suyas que me han llamado la atención, se ajustan a lo que yo creo y -bonus- me han hecho reflexionar más allá. Todas extraídas del relato El Inmortal perteneciente al libro El Aleph.

Vamos por partes.

1. Existir

Existir, por sí solo, no es nada. Necesita algo más para convertirse en lo que los seres humanos entendemos por vivir. Ese componente adicional es la conciencia, una capacidad que nos permite saber que existimos. ¿Qué pasaría si careciésemos de ella? ¿Existiríamos? Sí, pero no lo sabríamos, es decir, no notaríamos la diferencia entre existir y no existir ya que la no existencia y la existencia sin conciencia son totalmente indistinguibles.

Implicación más importante de la teoría: aquello de lo que no somos conscientes no existe. Esta conclusión otorga a la conciencia una cualidad casi divina: seas el elemento del cosmos que seas -concreto, abstracto, atómico o planetario- sólo existirás si eres percibido por una conciencia, ya sea la tuya o la de otro ente. Un universo sin conciencias es, literalmente, la nada. Podríamos situar el inicio del mismo, por lo tanto, cuando, por vez primera, un ser fue consciente de su presencia. Quizá un homo hábilis que contemplaba el cielo africano una noche sin luna de hace más de dos millones de años. Sí, los astros estaban ahí antes de que el homínido alzase la mirada, pero, desde el punto de vista subjetivo de este antepasado -y único, en el sentido de que todavía no se han descubierto más perspectivas conscientes que la de la raza humana- el sol y el resto de planetas no existían.

Pero, ¿no es pretencioso afirmar que la conciencia humana es la que inyectó al universo la propiedad de existir? No lo creo. Disponer de conciencia no nos hace grandes, al contrario: su capacidad es limitada, por lo tanto, nunca percibimos la realidad en toda su extensión, la realidad se define en función de lo que nuestra conciencia abarca. La conciencia es, además, una cárcel.

2. Consecuencias prácticas y discutibles de lo anterior

  1. Los animales no pueden ser felices. Al no ser conscientes de la felicidad, ésta no existe.
  2. Los animales no sufren. Al no ser conscientes del dolor, éste no existe.
  3. Si un árbol cae en el bosque y nadie se entera, es como si no hubiera caído.
  4. La infidelidad no comunicada es como si no se hubiera producido.
  5. La inconsciencia de millones de alegrías, nos hace indiferentes a ellas.
  6. No nos importan multitud de desgracias, ya que no ocupan un lugar en nuestra conciencia.
  7. La distancia emocional y la existencia guardan una relación inversamente proporcional. Cuanto más lejos se siente a alguien, menos existe.

3. Morir

Es, quizá, el acontecimiento de mayor importancia al que debe enfrentarse el ser humano en la sociedad del bienestar actual, tan alejada de la muerte que aliena a los individuos, despojándoles de una parte de su esencia.

“La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujar como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso”

Así es, la muerte define la vida tal como la conocemos y es la responsable de que todo sea irrepetible y excitantemente único. No os emocionéis, morir sigue siendo una espeluznante y terrible putada. Aunque estad tranquilos; como decía antes, la sociedad actual, en general, enfrenta la muerte ignorándola o rezando. Por eso, olvidamos el carácter exquisito y efímero de cada segundo que pasa. Si no tememos morir, es más fácil tirar nuestra existencia a la basura.

Definámosla mejor. Expirar no es dejar de existir (como hemos visto existir o no es lo de menos), es perder la conciencia. Al no tenerla, no somos conscientes de nada y, aquí viene el quid de la cuestión, ni si quiera somos conscientes de que no somos conscientes, lo que es, por cierto, un alivio descomunal. ¿Cómo es no ser consciente de que no eres consciente? Podemos hacernos a la idea con dos experimentos mentales:

1. Dormir es lo más parecido a la muerte que experimentamos en vida, ya que durante el sueño no somos conscientes. Si nos preguntáramos qué sentíamos, pensábamos o sucedía a nuestro alrededor hoy a las 4:30 a.m., seríamos incapaces de responder: la conciencia estaba desenchufada.

2. ¿Qué sucedía un año antes de tu nacimiento? ¿Te fastidiaba no vivir?

4. No morir

Borges define perfectamente qué ocurriría si fuéramos inmortales, teniendo en cuenta la naturaleza consciente y débil del ser humano.

[...] sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se corrigen el ingenio y la estolidez [...] Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, si quiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.

Continuará

Archivado en Opinión y Psicología.

[autoridad=adultos, profesores, jefes, empresas, bancos, políticos, dioses]

Cuando tenía cinco años concebía a mi profesora de la guardería como una extensión del dios todopoderoso. Un día, cual Jesucristo proclamando las bienaventuranzas, nos dijo: “No podéis pasar al baño, lo acaban de fregar”. Antes de finalizar la frase, ya se había convertido en la idea más importante que guiaría mi conducta a partir de ese momento. Más tarde, me encontraba en el parque donde salíamos al recreo, junto a una farola, al sol, esperando a que se secasen mis pantalones, completamente meados.

Sí, pobrecito, qué mono era, pero ese suceso fue el inicio de un proceso que, a lo largo de los años, ha desembocado en una total desconfianza en la autoridad y en un deseo continuo de compensar la cantidad de pis que se me escapó y mojó mis pantalones con toneladas de heces derramadas sobre el poder, la solemnidad y cualquier persona o ente al que haya que pedir permiso, llamar de usted, agradar con la risa falsa de Chandler, votar o rezar.

Y es que la sociedad está plagada de diferentes formas de autoridad que actúan como generadores de miedos, agentes Smith creadores de clones adaptados que copiarán y perpetuarán el sistema sin vacilar.

Adultos

Quizá sorprenda que, con 28 años, me excluya de este grupo. Tiene que ver con la definición del concepto que manejo (la RAE no es de gran ayuda en este caso). Desde mi punto de vista, los adultos son niños a los que sus padres han comprado el álbum de la vida y anhelan completarlo con todos los cromos: trabajo estable, coche, pareja, casa. Al finalizar la colección, obtienen el premio de la seguridad, pero ignoran que la seguridad que proporciona un trabajo estable no es sinónimo de madurez o desarrollo profesional, que conducir un coche no está relacionado con la independencia, que tener pareja no significa amor, que comprar una casa no implica haber encontrado tu sitio y, por supuesto, que nada de todo esto es un billete sin retorno a la felicidad.

¿Qué edad tienen los adultos? Existen ejemplares en todas las generaciones; de 0 a 99 años, como los puzles. ¿Ser adulto es un estado permanente? No, hay gente que en determinadas etapas de su vida juega a los cromos; después, deja de jugar (o viceversa). ¿Cuáles son los adultos con los que menos simpatizo? Los neoadultos: gente de mi generación que intenta copiar el estilo de vida de sus padres. ¡Atención! No el estilo de vida de sus padres con 28 años, sino el de ahora, con 55. ¿De quién es la culpa? (vaya, este es el párrafo de las preguntas) Creo que de los hijos por sucumbir a la autoridad y de los padres por no dejar que sus hijos hagan lo que le de la gana, como ya hacían ellos a su edad.

(Si Johnny Cash levantase la cabeza…)

Profesores, jefes, empresas, bancos, políticos y dioses

Respecto a los profesores, sin comentarios. Hablé de las empresas y los jefes aquí. El tema de los bancos es muy cómico: son casi las únicas empresas que obtienen beneficios en época de crisis. ¿Se merecen algún respeto más allá de dar los buenos días al empleado de turno en la sucursal? Los políticos hace ya mucho tiempo que sólo son personajes -en el sentido literario del término- cuya única función es entretener y crear la ilusión de que si los escuchas es porque te interesa lo que ocurre en la sociedad. El asunto de los dioses tiene miga, así que lo trataré en un post en el que intentaré explicar por qué Dios no existe y qué es morir. Así, de una tacada.

Y ante tanta autoridad, qué

¡Luke!: utiliza la forma, destruye el contenido.

Continuará.

Dios ha muerto, dijo Nietzsche. No estoy de acuerdo.

Sí: yo, Héctor Meléndez Díez de Villaverde, conocido por mis reflexiones periféricas, quizá un poco más sofisticadas que las que se escuchan en la cola del Mercadona, llevaré la contraria a Friedrich Nietzsche… ese.

Y Héctor dice: algo que no existe no puede morir.

Allá vamos. Es extraño que la religión, es decir, un sistema de valores, principios, filosófico, ético y -sobre todo- tan influyente, descanse sobre la inocente y débil idea (¿fe?) de la existencia de un señor mayor con barba blanca que nunca ha sido visto, oído, sentido, olido, tocado o… degustado. Para mí, Dios tiene la misma probabilidad de existir que Harry Potter; lo único que les diferencia es la cantidad de gente que cree en ellos y varios milenios de mentiras. Dadme 2000 años y haré que recéis al Sr. Spock. Además ahora, con Twitter, la red social con ese nombre tan atractivo para los medios y que según ellos tiene poderes mágicos (cuando no es así), os tendría totalmente controlados.

Aclaro: no me molesta que la gente crea en cosas que no existen. Pero de ahí a invadir la ciudad con pinos gigantes de plástico hay un trecho. Por otro lado, es contradictorio que en Navidad -período religioso en el que se celebra el nacimiento Cristo, momento de reflexión en el cual el creyente debería estar más preocupado por el espíritu que por la materia- uno de los días más importantes sea el sorteo de el gordo y empresas como Carrefour, Toys ‘R’ Us y El Corte Inglés se froten las manos pensando en la subida que pegarán sus ventas gracias a Papá Noel y los Reyes Magos. No es la única ocasión en la que los fieles caen en la tentación de cambiar la fe por el dinero, de hecho, les ocurre de vez en cuando.

Pero bueno, no quiero ser rencoroso. En Navidad hay muchos días de fiesta, eso está bien. La gente se ve obligada a estar alegre, nos olvidamos de la crisis compartida y de las crisis individuales, deseamos felicidad a los demás -sólo hasta el 7 enero- y comemos cordero y langostinos, la comida preferida de Jesús según la Biblia.

En fin, asumámoslo: la Navidad no es más que un coffee shop gigante en donde nos fumamos un enorme porro colectivo que, después de darle unas cuantas caladas, nos provoca hambre (de marisco) y gracias al cual nos evadimos, en compañía de toda la sociedad.

Mierda, me ha vuelto a pasar. Todo este texto para contaros algo que ya fue dicho hace más de un siglo por un tipo igual de importante que Nietzsche, Karl Marx: la religión es el opio del pueblo.

No sé a qué esperamos para cambiar los villancicos por un poco de reggae.

Ayudas a los demás pero lo haces por egoísmo, porque quieres sentirte bien contigo mismo. Seguro que habéis escuchado esta frase en alguna ocasión. Recuerdo la primera vez que la oí, en 2000, haciendo botellón en Tribunal. Una chica rubia que bebía Martini con limón fue la emisora del mensaje y responsable de mis reflexiones posteriores: ¡oh, cielo santo! El ser humano nunca se librará de su naturaleza egoísta. O sea, que todas esas personas que ayudan a los demás (médicos, bomberos, integrantes de ONGs,…) son, en realidad, una panda de hipócritas egoístas. ¡Cómo nos la han colado los muy cabrones!

Por otra parte, el argumento era la excusa perfecta para no participar en actividades solidarias, aparentando –y esto es lo mejor- una integridad personal inquebrantable. Por ejemplo, si alguien me intentaba meter en algún fregado tipo esto:

- ¿Has pensado algo sobre el proyecto del que te hablé el otro día?

Yo contestaba:

- ¿Te refieres a lo de ir a África a ayudar a niños pobres, desnutridos y sin escolarizar? ¡¿Pero tú qué te crees?! ¡¿Qué soy un miserable egoísta o qué?!

Y me iba a mi casa a jugar al Monkey Island, entretenimiento que no suponía traicionar mis principios (el Monkey Island es anterior a 2000, pero estoy empleando una técnica de relato llamada No tengas en cuenta la realidad, que proporciona gran libertad a la hora de escribir). Pasadas unas semanas, una vez muerto LeChuck, me di cuenta de lo bien que me hacía sentir no ayudar a los demás y, gracias a esto, no ser egoísta. Me enganché. Un día, una viejecita ciega que quería cruzar un paso de cebra, me pidió ayuda. Ya estamos otra vez -pensé- ¿qué maligno ser desea que caiga en la tentación del egoísmo? Le dije que, por principios, no podía auxiliarla y, para dejar constancia de que no pretendía utilizarla en mi propio beneficio emocional, le robé su bastón. Una vez más, había escapado de las garras del destino, que pretendía convertirme en un perfecto ególatra.

Durante varios meses, buscar gente a la que negar socorro se convirtió en mi único objetivo vital, pero descubrí que sólo lo hacía para sentirme bien conmigo mismo, es decir, la misma motivación que impulsaba a otras personas a ayudar. Recapacité y concluí que no debía elegir entre ser egoísta o no. La cuestión era escoger entre un tipo de egoísmo u otro, sólo diferenciados por sus repercusiones en el entorno.

¿Final con moraleja? Qué coño es esto, ¿una película de Disney?

Diré algo surrealista: ¡mira, detrás de ti, un mono con tres cabezas!

Uno de los defectos que acompañan al ser humano desde el inicio de su existencia es tropezar varias veces con la misma piedra, causado, quizá, por nuestra inseparable manía de olvidar. Pero lo preocupante no es que una persona caiga y olvide, caiga y olvide -al fin y al cabo, sólo se hace daño a sí misma- sino que, como grupo, no seamos capaces de avanzar y dejar de cometer los mismos errores, condenando así a las siguientes generaciones a sufrir nuestra torpeza. Charles Chaplin, en 1936, ya censuró la filosofía inhumana del sistema de producción empresarial y 73 años después sigue ocurriendo lo mismo en multitud de compañías, sustituyendo las monstruosas máquinas por elegantes ordenadores y las toscas palancas de hierro por flamantes ratones ópticos. La filosofía de este tipo de empresas se basa en una idea muy simple: controlar al empleado a través de sus sentimientos y necesidades para que produzca al máximo. Por cortesía de Abraham Harold Maslow (1908-1970), psicólogo estadounidense, las necesidades del individuo:

maslow

Según Maslow, existen cinco niveles de necesidades que, como veis, representa gráficamente en una pirámide. Las reglas del juego: para sentir el impulso de querer alcanzar un nivel superior, tiene que estar cubierto el inferior. Por ejemplo, si una persona no ha dormido en tres días, deseará con todas sus fuerzas encontrar un sitio para descansar, antes que encontrarse con sus amigos y apreciar que forma parte de un grupo. Una vez satisfecha la necesidad de dormir, su cuerpo estará listo para anhelar lo que ofrecen los niveles superiores.

Lo aplicamos al curro. La mayoría de los mortales trabajamos para cubrir las necesidades de los dos primeros niveles. Habitualmente, conseguimos el quesito de las categorías superiores fuera del ámbito laboral: familia, amigos, pareja, proyectos personales, etc. Y lo logramos a cambio de lo mismo que ofrecemos, afecto y estima. Esto nos permite, en ocasiones, tener los cinco quesitos, llegar al vértice de la pirámide, contestar a todas las preguntas y sentirnos completamente realizados.

El miserable maquiavelismo empresarial entra en escena. Algunas compañías descubrieron que, además de pagar con dinero, podían pagar con sentimientos. Y no unos cualquiera, tenían la posibilidad de hacer negocio con las sensaciones más codiciadas, las únicas que te transportan directamente a la autorrealización. Resultado: la gente pica, pero, en lugar de autorrealización, sólo encuentra infelicidad y, sus emociones, embargadas de por vida.

Acabo de describir la estrategia que siguen de este tipo de empresas. Los métodos empleados, que incluyen técnicas de modificación de conducta o condicionamiento al más puro estilo La Naranja Mecánica, son más ruines aun. Os cuento los mejores, seguro que os suenan.

Galletitas

Si has hecho algo bien, te mereces una galletita por parte de tus superiores. En forma de sonidos articulados sería algo como: muy buen trabajo (equivalencia en dinero: 30€).

Autogalletitas

En este caso, lo de muy buen trabajo te lo dices tú a ti mismo. Son las más peligrosas. La empresa ya no necesita recompensarte para reforzar tus conductas dirigidas a producir, lo haces tú. Estar enganchado a las autogalletitas es uno de los ingredientes esenciales para cocinar una adicción al trabajo de chuparse los dedos.

Eso no se hace

Si has hecho algo mal, los amos te darán un toque de atención que corrija tu conducta y no te convierta en una oveja descarriada. Tienes suerte de que el ser humano sea tan simple porque, cual rata, a partir de ese momento tu cerebro intentará evitar la conducta que ha generado el castigo.

Galletitas de mentira

Cuando un toque de atención te deja el contador de autoestima casi a cero y es percibido por los supervisores, éstos, temiendo que dejes de producir a causa del bajón, te obsequiarán con una galletita de mentira. Por ejemplo, grapas un par de hojas y alguien te dice: ¡Excelente trabajo! (equivalencia en dinero: 5€).

La habitación del pánico

Es una técnica de intimidación que consiste en llevar al roedor a una sala de reuniones, junto con sus amos, los cuales le someten a la presión necesaria para provocar la reacción que buscan.

¡Mira Toby, una tarea en la que usar tu inteligencia!

El hueso es francamente atractivo. Por fin alguien ha sabido ver lo listo que eres y te ofrece una labor que se ajusta a tus capacidades intelectuales. Qué mejor forma de ponerte a prueba a ti mismo, salir victorioso y ganar en autoestima el equivalente a 500€. Así, en vez de 900, parece que ganas 1.400.

La ilusión de perfección

Algo tan evidente como que nadie es infalible no evita que, en el curro, pretendamos aparentar ser perfectos por medio del honorable truco de ocultar errores, aprendido, como no podía ser de otra forma, de nuestros jefes. Los pobres harían cualquier cosa por mantener intacta su autoridad y seguir repartirendo galletitas.

Momento Zen

Después de un tiempo sometido a las técnicas de modificación de conducta y condicionamiento, el moldeamiento empieza a surtir efecto. El trabajador se concibe a sí mismo como un aprendiz y a sus superiores como maestros. No puede estar más equivocado. Es como confundir al señor Miyagi con la señorita Rottenmayer, o a Obi-Wan Kenobi con Lola, o a Morfeo con Franco, o a… bueno, creo que lo habéis pillado: no son maestros, son domadores.

Gusto por la limpieza

Con el objetivo de que no nos salpique ni una gota de mierda procedente de algún problema que tenga un compañero nuestro con cualquier otro, debemos ir siempre a nuestra bola y preocuparnos, sólo, por nosotros mismos y nuestras relaciones, incluso si eso supone dejar los principios en el camino. ¡No intervención! ¡Es la solución!

Sueco Style

Fingir que nada de lo anterior sucede es un requisito imprescindible para seguir produciendo. El Sueco Style  consigue  formar un ejército de hipócritas que nunca permitirá detener la maquinaria empresarial.

¿Cuáles son las consecuencias de todas estas técnicas, conductas y pensamientos? Muchas malas, una buena. Entre las malas, destaca el surgimiento de un Sistema de Valores de Pacotilla (SVP) que, al ser aceptado y respetado, provoca un espejismo de ética. Es, ni más ni menos, la Ética Light. Además, como las personas tenemos piernas y boca, es sencillo que el SVP se contagie a otras empresas o al resto de la sociedad y, como resultado, se lie parda.

Ahora voy a explicar la consecuencia buena -la idea más importante de todo este rollo que acabo de soltar- y termino.

El entrenamiento dirigido a producir, a pesar de socavar la personalidad del individuo, cumple su objetivo, es decir, se desarrollan nuevas habilidades, se adquieren conocimientos y se interiorizan métodos. Estas capacidades hay que aprovecharlas para cambiar el sistema desde dentro. ¿Sabéis cómo producir? Producid lo que vosotros queráis. Utilizad la forma, destruid el contenido.

Como diría Obi-Wan, que la fuerza os acompañe.

Hala, ya lo he dicho.

Y ahora me propongo argumentarlo sin quedar de elitista; al contrario, apelaré a un sentimiento parecido, muy extendido, que surge en otros ámbitos alejados de la cultura y no está castigado socialmente con la etiqueta de esnob.

El sentimiento al que me refiero se expresa verbalmente a través de la frase: ¡Joder, aquí hay demasiada gente!, que normalmente aplicamos al mundo físico: la playa, un bar, un restaurante, o cualquier espacio en el que exista una relación inversamente proporcional entre bienestar y número de personas.

Extrapolo -esta palabra me excita- al mundo psíquico. Existen espacios conceptuales (un grupo de música, un escritor, un espectáculo teatral) en los que apetece estar solo o casi solo y pierden su magia cuando atraen a más gente. ¿Por qué? Porque si somos multitud nos molestamos, porque empezamos a poner las sombrillas pegadas, porque hablamos demasiado alto, porque fumamos a la vez, porque olemos mal, porque no hay oxígeno para todos o porque nos toca el cabezón que no deja ver el escenario.

Vete tú a saber. Puede que esté completamente equivocado.

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Actuación de la Compañía y Escual de Danza Patricia Passo (Foto de Sandra: http://www.fotolog.com/chinese_rock_84)

BollyMadrid
Este fin de semana se celebró BollyMadrid 2009, el 2º festival de Bollywood y cultura india de Madrid. Una parte de los 1.129.866.200 indios que habitan en el planeta Tierra se encontraba allí. Sí: había muchos. Y no sólo detrás de las barras. También en el lado que normalmente ocupamos los madrileños, los turistas o cualquiera que no sea indio, chino o árabe. Porque si bien Lavapiés es considerado el barrio multicultural de Madrid, no significa que exista una mezcla real de culturas. Nosotros pedimos las cañas, ellos nos las sirven. Nosotros consumimos, ellos proveen. Nosotros disfrutamos de la noche, ellos la trabajan. Y de día, ¿existen?  Me alegró verlos en el papel de los que se divierten y estamparme contra mis estereotipos, ocultos en algún lugar del inconsciente.

Llegué a la Plaza de Agustín Lara sobre las nueve de la noche. Después de degustar tres pequeños platos indios a 1€ cada uno -preparados por los mejores restaurantes de la zona, que sacaron puestos a la calle- y tomar una Cobra, la cerveza típica india, encontré a Sandra:

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=I623zl7kkJc]

Sandra es fotógrafa. Pinchad aquí para ver su fotolog.

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Andrés improvisando

La Grándola (GoogleMaps)

El local ha sido reformado. Antes la barra estaba allí y ahora está allá. Las paredes, recién pintadas. El naranja de la franja superior me da buen rollo. Quizá soy sinestésico, aunque todavía no veo colores cuando escucho música. ¿Qué no cambia del garito? los platitos de cacahuetes, la bandera de Cuba en el techo, las mesas de madera y los barriles con cojín para sentarse. Como banda sonora de las charlas, una genial improvisación al piano de Andrés Kaba, un amigo del Congo que lleva en España dos años más que yo -treinta- y tiene cincuenta:

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=67WxFEqK_nE]

Después, Arturo Ballesteros (componente de Engendro, un peaso de grupo de grupo que practica la versión mejorada, como se describen a sí mismos en su página web) también improvisó. Lo mejor, la versión que se marcó de Space Oddity de Bowie. No tengo la grabación, pero sonaba parecido a esto:

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=AMClvDq8LdA]

La Grándola cierra. Yo me voy a casa.

Dooplan = Juan Carlos. Dooplan = Juan Carlos.  Dooplan = Juan Carlos.  Con cuatro veces es suficiente. En este post, permitidme llevaros a un mundo en el que Dooplan = Juan Carlos y así dejamos de hacerles publicidad por la cara (de buen rollo, que quiero que me contraten).

Como sabéis, Juan Carlos está buscando un “juerguista” para pagarle un sueldo de 1.000 euros al mes, uno para Madrid y otro para Barcelona. El Equipo de Juan Carlos publicó la oferta en Infojobs, colgó este anuncio en Youtube y envió un mail a todos los candidatos que nos informaba del inicio del proceso de selección. Expliqué por qué debían elegirme a mí y después mandé mails a todos mis amigos y conocidos para que me apoyasen dejando comentarios en mi candidatura. Además grabé un video, “Apadrina un Héctor”, como Juan Carlos recomendaba.

Lo más curioso de la selección: el foro de candidatos. En principio era un estrado individual para convencer a Juan Carlos de lo bueno que eres pero, poco a poco, se transformó en un foro real. Los candidatos podíamos comunicarnos entre nosotros y creo que a todos nos surgieron las mismas dudas: ¿hablo con el resto de candidatos? ¿Paso de ellos? ¿Señalo sus defectos? ¿Qué cojones está buscando realmente Juan Carlos?. La situación se ha convertido en un auténtico método Gronholm virtual y cada uno tira sus dardos hacia donde cree que está la diana. Como en el mundo físico, las personas se dan a conocer y mi simpleza me obliga a etiquetarlas, en los primeros puestos del ranking de candidatos: Coco, “el que se despereza”; Esther Al-Althama, “la fiestera que escribe un comentario a las 7:54 a.m.”; Mari Trini, “la que no para de escribir comentarios, rozando la pesadez”; Ricardo Mena Muñoz, “el de la foto de Bud Spencer” y kls Beats, “con el que intercambié un voto porque él es de Barcelona”.

El viernes recibimos un correo de Juan Carlos cuyo asunto decía: Gracias por ser como sois. Esto empieza a parecer Operación Triunfo. Como me cojan, lloro. De momento voy el 4º de Madrid en el ranking de candidatos (clasificación por número de comentarios) y en dos semanas se sabrá quién es el ganador. Jugaré mis cartas, tiraré mis dardos -a la diana, espero- y ya os contaré. Por cierto, no olvidéis: Apadrina un Héctor.

Concierto del pasado jueves 4 de junio.

Café DoreEl Café Doré es un lugar especial. Especial por estar en Lavapiés (sí, cualquier garito de Lavapiés lo es solo por estar ahí) y por su aire veraniego, por los pequeños -y acogedores- sillones de colores y por las exposiciones de fotografía o pintura de las que se puede disfrutar por el precio de una caña. Pero también es un sitio raro. Primero por la selección musical, que muestra los lugares comunes entre Frank Sinatra y María del Monte y consigue llevarte a ninguna parte, lo cual no está nada mal para desconectar. El segundo elemento extraño del Doré es el encargado del bar: un camarero al que no le gusta servir a la gente, un hombre que reniega de su condición y que es capaz de decirte: ¿quieres un vaso de agua? ¡Pues ahora te toca levantarte a ti!

Alan Doyle pensando qué acordes utilizar en su próxima canción

Alan Doyle pensando qué acordes utilizar en su próxima canción

Alan Doyle estaba en la mesa de al lado minutos antes de empezar la actuación. Él hablaba español con un amigo y dudé de su procedencia irlandesa, así que le pregunté. Me dijo que era dublinés aunque hace cinco años que está en Madrid. Yo viví una temporada en Dublín y por eso me cayó bien, además, era simpático y le gustaba hablar con la gente que iba a escucharle. También me comentó lo que iba a tocar: rock irlandés… lo que podrías escuchar en el Whelan’s de Dublín. Las expectativas aumentaron.

El concierto no empezó mal. Por su potente voz, Alan recordaba a Glen Hansard de The Frames o quizá a Damien Rice, los dos irlandeses también. Pero después de la primera canción, mi simpatía se transformó en rechazo y el ánimo en ganas de morir. Pensé que alguien debía advertir a Alan que, además de Do, Re, Mi, La menor y Sol, existen muchos más acordes. Comencé a hartarme de su forma de finalizar los versos, siempre culminados con una nota de bajo, pretendiendo hacer del mensaje algo trascendental. Tampoco ayudaron sus letras de quinceañero tipo “me acuesto en la cama y pienso en ti”, “ahora que estoy lejos te echo de menos” y otras muchas que se quedaron en el ovido por insulsas. La melodía de la voz, al igual que los acordes, no cambiaba demasiado y el irlandés no sacaba el mejor sonido de la guitarra, creo que por tocar sin púa, técnica que, o eres Robbie Krieger, o es difícil de dominar.

Entre la cerveza y la monotonía de la música, me di cuenta de que Alan había inventado un nuevo concepto de actuación: el concierto-spa. Qué relax. Qué ganas de ir a dormir cuando acabó.

“Dios ha muerto”

Friedrick Nietzsche

“Obama no es negro”

Héctor Meléndez