Ayer en el supermercado descubrí un euro en un carro. Estaba suelto, en la ranura en la que se meten las monedas para desenganchar el carro de la fila. Nunca me encuentro nada, por eso, mientras pillaba el euro y lo introducía  en el bolsillo pequeño del pantalón, no podía evitar sonreír y considerar que era un tipo afortunado. Pero entonces pensé en el desconocido que se había marchado sin su dinero -quizá horas antes- y me pregunté si mi inocente acto no era una especie de robo. Sabía que no le había forzado a dármelo, pero el estado final del proceso era igual al de un robo. Onlyways, +1; desconocido, -1.  Al momento, consideré la posibilidad de estar predestinado a encontrar ese euro. En tal caso la responsabilidad recaía en el cosmos y no en mí. No estaba mal.

No he vuelto a recordar lo sucedido hasta hoy, cuando alguien, señalando  una mesa, me ha advertido que ayer olvidé un euro encima de ella. Es cierto: saqué una  moneda y, sin querer, la dejé ahí. La sorpresa ha sido grande y mi entusiasmo e inocencia me han llevado a creer que era testigo del control que ejerce el universo sobre mi capital, un universo siempre preparado para compensar ganancias injustas con justas pérdidas. Eso o el inconsciente buscaba deshacerse de la culpa.

Por fortuna (nunca mejor dicho), mi consciente no es tan íntegro -o el control cósmico tan exhaustivo- y, una vez superado el el pasmo inicial, he recogido lo que era mío.

Nota: los hechos anteriormente relatados pueden deberse, símplemente, a la casualidad. Pero, si aceptásemos esta explicación, nada tendría sentido.

M. C. Escher (1898 - 1972)

M. C. Escher (1898 - 1972)

Mirando hacia abajo, desde un punto de vista demagógico, la sensación que produce es comparable a la versatilidad de un arma acuática. Es decir, no emerge el juicio: aquello por lo que tanto luchó el conocido abogado castellano, justo unos meses antes de controlar el temporal. Acabó su particular cruzada, concretamente, el día que decidió no construir el molino de trigo y se dejó llevar por la harina hacia un lugar repleto de placas solares, con la intención de practicar la pesca de altura.

El caballo no pudo convencerle de la psicología matriarcal. Aquella por la que debía partir -en lugar de quedarse- y comenzar a cortar rebanadas, verbo que su compañera empleaba para calificar cualquier intento por parte del mamífero de entrar en la Real Academia de la Lengua, una extraña obsesión al alcance de multitud de golosos.

En realidad, ninguno de los dos pretendía averiguar la verdad. Por eso, celebraron una clasificación de objetos automovilísticos muy similar al gas y se olvidaron del tema.

corrector


Sí, y no me refiero a los que guardan el dinero, estoy hablando de los bancos para sentarse, esos de madera que brotan por las calles y parques de toda España. Esos bancos que, hasta ayer, yo concebía como un elemento más del mobiliario urbano pero que en realidad son la infraestructura oculta de una compleja red de información formada por auténticos friquis. Por lo menos en Lavapiés.

Esto fue lo que ocurrió. Llegué demasiado pronto y no me quedaba otra opción que esperar, así que decidí hacerlo sentado en un banco ocupado por dos señoras mayores, junto a la boca del metro. Sabía que no habría ningún problema en utilizar el hueco libre, ya que conozco la mentalidad abierta y acogedora de los viejecitos cuando están sentados en un banco, que incluso saludan al incauto que se incorpora -en este caso yo- y, desde el momento en que sus nalgas hacen contacto con el tablón del asiento, le consideran miembro de confianza del grupo, como si de repente estuviésemos viajando todos juntos en un seiscientos a Almería (referencia personal, puede que, incomprensible).

Una vez sentado, abrí el libro que llevaba con la inocente ilusión de leerlo. Una de las señoras hablaba demasiado y parecía conocer la vida de todas las personas que cruzaban por delante del banco (nodo de información a partir de ahora), en concreto, estaba especializada en trapos sucios de las gentes de Lavapiés. Mientras, yo intentaba no desconcentrarme y seguir en Londres, lugar en el que está ambientada la novela que leía. Pero fue imposible. De repente, la señora cotorra me incluye a mí como receptor de sus mensajes -además de a su amiga oyente pasiva- y nos dice: ¡cuidado! ¡No dejéis que se siente esa vieja que viene por ahí! ¡Es una guarra alcohólica! Giro la cabeza y veo como se acerca, lentamente, cual nave imperial de hedor, una mujer, muleta en mano, vestida con un camisón, gorda, de pelo blanco, sucio y alborotado, mirada inteligente y un gesto que transmite el sádico placer que le produce la situación. Allá voy -debía estar pensando- morirán ahogados en mi nube de caca. Pero la señora cotorra reacciona rápido y coloca una bolsa de plástico llena de cosas en el minúsculo espacio de asiento que pretende ocupar la señora olorosa. Por su parte, la señora oyente pasiva, sigue ahí, sin mucho que aportar a la historia.

Hay tensión. Señora olorosa ha observado la treta de señora cotorra, pero no sabemos si dará resultado. Nuestra rival nos mira y nosotros le miramos a ella mientras se acerca más y más, conservando su perversa sonrisa. Fija su atención en la bolsa, nosotros en ella, ella en nosotros y, finalmente, se rinde, ordena al puente de mando virar a babor y alcanzar el siguiente nodo de información, ocupado por soldados inexpertos que la obedecen sin resistencia, cuando ella les dice, con la mano -y nada más-, echaos pa’llá.

El mal rato ha pasado, aunque no para mí, que ahora estoy sólo con señora cotorra porque señora oyente pasiva ha huido. Continuar leyendo mi libro es una utopía en este momento, pero lo simulo para que señora cotorra no se emocione. Aún así, me cuenta que señora olorosa es una borracha, que fue dueña de una casa de putas, que fue puta, que huele mal porque no se lava y que los cuarenta millones de pesetas que obtuvo de la venta de un piso se los gastó en alcohol en sólo dos meses. Es, irónicamente, una máquina expendedora de mierda contra su apestosa coetánea.

Afortunadamente, llega la persona que estoy esperando. ¡Adiós!

Xantippe despertó en su casa Lavapiés y un frío latigazo de desesperación le atizó el estómago. Tragó saliva, cogió el móvil y llamó a Keres, que contestó ansioso preguntando:

-    ¿Tú  también lo sientes, verdad?
-    Sí… ¿qué hacemos?
-    Llamemos al resto, tenemos que contárselo.
-    No estarán listos aún, quedamos a las diez para salir.
-    Xantippe, creo que hoy no nos moveremos de Madrid.

Cuando subieron a la terraza de la Casa Encendida, el lugar elegido para el encuentro, las gotas comenzaron a caer de un cielo especialmente gris. Todos se saludaron bajo la lluvia y optaron por refugiarse en una de las casetas cuadradas que hay en la azotea del edificio. Esa semana, la caseta acogía la exposición Una noche de verano, dirigida a aficionados a la astronomía. El espacio recreaba un planetario, por eso, un proyector móvil ocupaba el centro de la sala y en el techo, unos diminutos puntos luminosos imitaban a las estrellas y formaban las constelaciones visibles desde el hemisferio norte durante el estío. A los lados, junto a la pared, se situaban algunos expositores luminosos y un par de ordenadores.

Después de cerrar la puerta principal para que nadie les molestase y encender una vela colocada en la repisa de una ventana, los seis se sentaron en el suelo. La atmósfera estaba teñida de distintos colores: un gris acuoso llegaba desde el exterior y se mezclaba con el naranja intenso de la vela. Las gotas de lluvia se deslizaban nerviosas por el cristal de la ventana, como si no quisieran ser atrapadas en su huida por algún rayo de luz gris o naranja. En el centro de la estancia, los puntos luminosos del techo brillaban sobre el negro de fondo y todo quedaba enmarcado por la tenue luz de los expositores.

Tras unos minutos de silencio, Xantippe lo rompió cuando sacó su paquete de Marlboro del bolsillo del pantalón, quitó el plástico lentamente, abrió la caja, cogió un pitillo, buscó el mechero, encendió el cigarro y, una vez dada la primera calada, preguntó nerviosa al grupo:

-    Parece que nos pasa lo mismo a todos, ¿no?
-    Sí. Estamos convencidos de que moriremos a las doce de la noche de hoy. -respondió Timeo-.
-    No sé cómo puedes decirlo tan tranquilo, colega -dijo Innana indignada-.
-    Siempre he creído en la existencia del alma -contestó él, serio y casi sin mirarla-. Te diría incluso que estoy expectante… ¿cómo será ese mundo no material?
-    No tengo ni puta idea, pero seguro que no se puede follar -le cortó ella-.
-    Joder, Innana -intervino Keres- la vas a palmar y tu pensando en follar. Timeo tiene razón, tiene que haber algo después. Pero, ¿por qué nos ha tocado a nosotros saber cuándo moriremos?… puede que haya sido un castigo divino. Quizá tampoco esté lloviendo por casualidad.
-    No, es Poseidón, no te jode… -se burló Innana de nuevo-.

Díem no pudo aguantar más y comenzó a llorar. Xantippe le pasó su mano por la espalda y pronunció su nombre con ternura. Díem…

-    ¿Por qué tenemos que morir? -se le entendió entre tímidos lloros-
-    Las causas son variadas –irrumpió Liceo, acudiendo al socorro de su solo amiga como se repetía a sí mismo-. La causa eficiente es que nuestros corazones dejarán de latir. Que esto ocurra será debido una causa material que espero no sea muy dolorosa; la causa final es que debemos morir para que otras personas puedan nacer y la causa formal es que la muerte está en nuestra naturaleza.
-    Creo que así no la ayudarás demasiado -dijo Xantippe-. Díem… es normal que la gente muera… la diferencia es que nosotros sabemos cuándo sucederá, ¿no crees?
-    Y si nosotros tenemos esa ventaja, deberíamos aprovecharla -afirmó Innana, intentando animar a su amiga-.
-    ¿Realmente es una ventaja saber cuándo vas a morir? –preguntó Díem sollozando-.
-    Por lo menos tendremos la posibilidad de despedirnos de la gente que queremos -explicó Inanna-, decir lo que nos falta por decir… escuchar nuestras canciones preferidas… disfrutar de los últimos besos…
-    ¡Joder! ¡El Facebook! -exclamó Keres- ¡Me tengo que dar de baja!
-    Lo tuyo es muy fuerte, Keres. -replicó Innana- No sé qué es peor, si pensar en follar o en el Facebook.
-    Es que me ha venido a la cabeza… ¿habrá alguna opción para informar a tus amigos de que te has muerto?
-    Póntelo en tu estado -intentó ayudar Liceo-. Algo en plan “estoy muerto”.
-    Sí, podría valer… ¿y el Gmail?
-    No te preocupes -intervino Timeo-, por el camino que va, seguro que Google ya ha desarrollado un algoritmo para saber cuándo moriremos y te cancelarán la cuenta automáticamente.

El comentario hizo sonreir a Díem, que ya estaba un poco más tranquila. Acto seguido, mirando fijamente a unos ojos verdes que siempre le habían atraido, dijo:

-    Tienes razón. Tenemos que aprovechar el poco tiempo que nos queda. Voy a empezar disfrutando de esta exposición. ¿Vienes?
-    Claro -contestó Innana a la vez que Liceo sentía una punzada de celos-

Xantippe se quedó con los tres chicos. Su novio se giró hacia ella, quien identificó en él un gesto que habitualmente quería decir se me ha ocurrido algo extravagante:

-    Xan, -dijo Keres- les estaba diciendo a estos que… no quiero que me duela. Si tengo que morir, paso de sufrir, así que estaré inconsciente para cuando llegue la hora.
-    Y entonces has pensado que… -respondió ella preparándose para el disparate-.
-    Mi hermana es enfermera. Puede conseguirnos anestesias.

Ella se acarició la frente con los dedos de la mano derecha, intentando que el pequeño masaje le ayudara a pensar. La idea, efectivamente, le parecía absurda, pero no menos surrealista era ya su situación. Así que le apoyó:

-    Por mi bien. ¿Qué decís vosotros?
-    No sé si utilizaré la anestesia, pero os acompaño a donde vayáis -informó Timeo-.
-    Yo igual. Vamos a decírselo estas dos –respondió Liceo, aún pendiente de Díem- ¡Chicas!

Los cuatro miraron al lugar donde creían que estaban Díem e Innana. Pero no había nadie. Extrañados, agudizaron la vista intentando ver más allá de la sombra. Nadie. Empezaron a inquietarse y de repente, un ruido que no dejaba lugar a dudas de lo que estaba ocurriendo, tradujo la inquietud en un pasmo insólito.

memento mori

Esta foto es de Clara. Hay más en su fotolog: http://www.fotolog.com/la_cazita_azul

Seguramente hubo un instante de silencio antes del golpe. Un momento en el que todos se callaron, justo cuando fueron conscientes de que el coche se dirigía sin remedio directo a la cuneta, en la que un muro de hormigón gris se encargaría de detenerlos en seco. El vehículo, un Ford Fiesta blanco matriculado 18 años antes; velocidad, 130 kilómetros por hora; supervivientes, cero.

Ellos no advirtieron ese último segundo de silencio de sus vidas. Sus ojos sólo tuvieron tiempo de procesar la imagen del muro, que aumentaba según se acercaban a él; los oídos suprimieron cualquier estímulo, al igual que el olfato, el gusto y el tacto; sus cerebros únicamente pudieron segregar adrenalina y contraer los músculos de todo el cuerpo, preparándolos así para el impacto. Las neuronas del lóbulo frontal ni siquiera tuvieron la oportunidad de intervenir, por eso, ninguno vio su vida pasar en una secuencia de imágenes, ni uno sólo tuvo tiempo de preguntarse ¿moriré? Para sentir miedo, rabia o impotencia tendrían que haber pasado una eternidad más de segundos.

Xantippe despertó y notó que había estado roncando, algo que le irrita especialmente. Pero llamó más su atención que reposaba sobre una superficie esponjosa desconocida. Abrió los ojos y, después de que una luz blanca intensa le cegase, apareció ante ella un paisaje espectacular: bajo sus zapatillas All Star negras se extendía una enorme nube blanca que incomprensiblemente aguantaba su peso; encima de su cabeza, una bóveda de cielo azul inmensa. Era de día, pero no había ningún sol. Entonces no he sobrevivido al choque y… esto es el Cielo, intuyó. Miró a su alrededor y observó que sus amigos también despertaban y se ponían de pie. Por su gesto de sorpresa supo que, al igual que ella,  eran conscientes de dónde se encontraban. Estaban todos: Díem, Timeo, Inanna, Liceo y Keres. Este último, mientras levantaba los pies exageradamente del suelo, intentando  analizar la extraña superficie sobre la que andaba, se atrevió a preguntar:

- ¿Estamos donde creo que estamos?
- Eso parece -respondió Xantippe dirigiendo su vista a un horizonte de 360 grados-.
- ¡¿Estamos muertos?! -preguntó Inanna a la vez que se tocaba el cuerpo como si estuviera cacheándose-.
- Es posible -respondio Liceo-.
- No puede ser -llegó a oírsele a Díem, que en realidad se lo decía a sí misma-.
- Creo que sí, Díem -concluyó Timeo, señalando un cartel que ninguno había visto-.

BIENVENIDOS AL PURGATORIO

Al confirmarse lo que todos se imaginaban, Xantippe quiso llorar, pero una voz femenina que parecía salir de un megáfono celestial –y que sorprendentemente respetaba la típica estructura de los mensajes de megafonía terrenal de notas musicales-mensaje-notas musicales- le distrajo:

- Un momento de atención por favor. Gracias por utilizar los servicios de la Iglesia Católica. Ahora mismo se encuentran en el Purgatorio, lugar al que han sido enviados por cometer pecados menores y en el que deberán cumplir una penitencia que purificará sus almas y les permitirá ascender al Cielo. La pena impuesta es la siguiente: están condenados a revivir el día de ayer y, aunque no guardarán recuerdo alguno de su paso por este lugar, un pensamiento estará instalado en sus mentes: la sólida convicción de que cuando acabe el día, morirán.

En septiembre de 1948, Miles Davis actuó durante catorce días en el Royal Roost de Nueva York. El club era un lugar oscuro, humeante y repleto de pequeñas mesas redondas que los clientes ocupaban con la intención de satisfacer su íntimo deseo de  evasión. Era la primera noche que Francisco acudía al lugar. Se había colocado en una de las mejores mesas de la segunda fila, en el lateral más alejado de la puerta de entrada, donde se ofrecían dos interesantes opciones. La primera –la políticamente correcta- era  atender al concierto, escuchar cada nota de la trompeta, descubrir cada cambio de ritmo de la batería e intentar descifrar las melodías del contrabajo. La segunda opción consistía en sucumbir a la curiosidad, dejar a un lado la vergüenza, relegar la música a un segundo plano y comenzar a observar al resto de la gente. No resistió la tentación. En ese momento le parecían más interesantes las personas que la música.  Pero sólo una le llamó la atención.

Año 2009. Son las seis de la tarde y él está cansado de tocar. Ella siente que sus brazos pesan demasiado. Deberían marcharse a casa. Después de siete horas en el pasillo de la línea seis de metro han conseguido algo de dinero y Francisco cree que es suficiente. Introduce el viejo violín en su estuche y espera un momento a que Alicia cierre el carro de la compra en el que acaba de guardar algunas cosas. Ahora los dos caminan hacia la salida y ella, mientras mira sin observar los pies de Francisco, que marcha adelantado, reflexiona sobre cómo ha cambiado su forma de tocar. Cuando se conocieron en Nueva York, era muy rápido, sus dedos se deslizaban por el diapasón de tal manera que se transformaban en una nube rosada de movimiento imparable. Pero cuando le escuchaba no sentía nada, para ella, era como ver a un robot estúpido ejecutando ordenes que casualmente producían sonidos. En cambio ahora, con ochenta años, es al contrario. Francisco no logra  mover la mano tan velozmente, pero en cada nota que da deja un trozo de sí mismo. Alicia no cree que la gente que pasa por delante de ellos todos los días, acelerada, con la mirada fija al frente, atrapada en los raíles del día a día, tenga un minuto para detenerse y sentir lo mismo que ella cuando escucha tocar a su compañero. Es cierto. Sin embargo, a algunas personas les emociona ver cómo Alicia, ligeramente inclinada, apoyando sus codos en el carro de la compra, sostiene el cuaderno de partituras para que Francisco lea cómodamente la música, mientras éste agarra su viejo violín como de si un fusil se tratara. Además, los viajeros se preguntan cómo sabe ella cuándo ha de pasar la página… ¿es capaz de leer la partitura? ¿Reconoce el momento exacto por la cantidad de veces que ha oído la melodía? ¿Es él quien le avisa utilizando una seña privada? ¡¿Es eso amor o es que no les da la gana de comprarse un atril?!

Con esta frase comienza la noche del sábado. Me encuentro perfectamente porque la última vez que salí fue en Reyes, hace cinco días. Ahora, mi cuerpo puede digerir la cantidad necesaria de alcohol para pasármelo bien y las enzimas de mi estómago se agrupan en una formación defensiva, preparadas para metabolizar cualquier cosa. En un bar de abuelos medio vacío, con un mini de cerveza y un platito de pipas astutamente sazonadas sobre la mesa, mi colega y yo hablamos sobre las medidas que deberíamos tomar si no queremos que la resaca sea demoledora. Recordamos algunos de los consejos que leímos en este post de Apuntes Científicos desde el MIT y nos reímos al pensar que hace 8 o 9 años no nos hubiese hecho falta tomar ninguna medida.

Decidimos pasar de la cerveza al vodka, la segunda bebida que menos resaca deja según el ranking que aparece en el post. El agua es importante también (pobres riñones). Me acerco a la barra y pido: ¡oye perdona!, un mini de Absolut con limón y dos vasitos de agua. La camarera, una señora mayor, maquillada, mal peinada y con ese aire de haber sido construida con los mismos ladrillos que el bar que regenta, no me mira raro.

A miles de kilómetros de distancia, los palestinos sufren los ataques israelíes. Nuestra conversación deriva a este tema. Sorbo de vodka. ¿Vas a venir mañana a la manifestación? me pregunta mi amigo. No creo, le respondo. El bar empieza a llenarse de gente que bebe y fuma y la calle, a pesar de que hace un frío insólito, también. Cientos de jóvenes empleando su tiempo de ocio en salir de fiesta, reafirmando su estilo de vida a cambio de impulsar la economía del país y convertirse en seres inofensivos para cualquier gobierno. Qué cabrones los israelíes. Sorbo de vodka. Conciencia tranquila.

Tres minis más tarde, salimos del bar, nos encontramos con unas amigas y vamos al Dolce, el nuevo proyecto de la gente del Independance que intenta establecerse en Alonso Martínez, reino de Bisbal. Llegamos a la cola y esperamos muy poco hasta alcanzar la puerta, es pronto y todavía no hay tantas personas como para tener que sacar las sillas de camping y la baraja de cartas. En la entrada, el puerta la toma conmigo porque tengo en la mano un mini de vodka que había sacado del otro bar. Aprovecha la situación para subrayar su autoridad y me coge del brazo mientras me invita a abandonar la fila. También alivia su frustración informándome de que a los gilipollas de 40 años que beben en la calle hay que tratarlos así. Tengo 27 y aparento menos, pero debe ser que además de la cabeza, está mal de la vista.

Después, el Penta y un intento frustrado de entrar al Barco. Una larga caminata nos lleva a un karaoke de parking (puede que sea el único de su categoría) y cerramos el local cantando My way.

Por lo menos, Frank sí tenía claro cuál era su camino.

Ciertas cosas siempre las hacemos mal. Son casos en los que la inteligencia no sirve de nada, pues nos sometemos a otro tipo de guías de la conducta (igual o más poderosas que la razón) como la costumbre, la tradición, la superstición o la vaguería.

Dentro de este tipo de casos se podría incluir un extraño fenómeno que ocurre en la casa de una persona que cuando nació, intentaron ponerle nombre; pero se resistió tanto que desistieron. En su piso de Madrid, la colocación de algunos objetos sigue una regla tan rígida como incómoda para la vida cotidiana. Esta estúpida norma consiste en que una cosa A debe sujetar a otra B. La consecuencia inevitable es que si coges A, B cae. Parece que a él no le molesta, pero para el resto de los mortales con nombre es extremadamente irritante que siempre que muevas A caiga B. Y saber que siempre que necesites C, tendrás que colocar D. Esta muestra de la torpeza humana, repetida de forma persistente y sin que haya posibilidad de cambio, causa un agobio comparable al que producirían dos manos invisibles oprimiéndote la tráquea y dejándote respirar sólo cuando ellas así lo decidieran.

Pero él, en cambio, no sufre. Dice que emplea este método de colocación de los objetos para ser completamente consciente del delicado equilibrio en el que todo se encuentra, no sólo en su casa, sino fuera de ella. Si no tocas nada, nada cae, nada ocurre. El problema es que el equilibrio es muy fácil de romper. Una ligera brisa puede provocar que caiga A, después B, luego C e inevitablemente, al final de la cadena, acaba sucediendo lo que tiene que suceder para restablecer un nuevo y fugaz equilibrio, perfectamente preparado para saltar por los aires a la mínima de cambio.

Vivimos tiempos difíciles. El otro día fui a comprar a los chinos un chicle de fresa y no tenían. “Por la crisis”, me dijeron.  Volviendo a mi casa me fijé en la cantidad de hojas que se habían caído de los árboles, hecho que, preocupado, comenté con el jardinero del bloque. “Por la crisis”, me respondió también. La frase se me coló en mi cabeza y empezó a rebotar en todas direcciones. La indefensión y la impotencia me llevaron directo al miedo: ¿estamos a merced de la crisis? No, podemos rezar.

Como lo que se lleva ahora en la Tierra en creer en un solo dios, la primera medida religiosa contra la crisis en la que pensé fue ir a la parroquia de mi barrio a orar un rato. Pero me sentí un poco mal por Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo que, aunque parece que son tres que más o menos se pueden apañar para repartirse súplicas, plegarias y demás, son sólo uno, lo que dificulta el trabajo considerablemente.

Así que me he convertido al politeísmo. En concreto me gusta la mitología griega: según mis necesidades puedo elegir dios y pedirle lo que sea. También he decidido que voy a creer en Gandalf y en Albus Dumbledore, son majos y parece que llevan el mismo rollo. Al fin y al cabo, tienen las mismas probabilidades de existir que Dios, Alá o Buda, a no ser que el número de personas que creen que algo existe tenga una relación directamente proporcional con las probabilidades de existencia de ese algo.

El único problema es que los dioses del Olimpo, Gandalf y Dumbledore se han quedado muy desfasados. Por eso, propongo que creemos nuevos dioses para nuestras nuevas e inanes –a la vez que prácticas- necesidades. Empiezo: el dios Hormiga, el más trabajador de todas las deidades y responsable de las carreras profesionales de todos los seres humanos. ¡Oh! ¡Dios Hormiga! ¡Toma este texto como sacrificio y proporcióname una carrera profesional digna! ¡Oh Hormiga! ¡Gracias Hormiga!

La música tiene una capacidad casi única para transformar el ambiente y provocar cambios. Habitualmente, si hay música -y en esto se parece bastante a una chimenea encendida- es porque por lo menos hay una persona escuchando y lo más importante: algo sucede.

Pero hay veces que no ocurre nada. Te das cuenta cuando vas caminando, deja de sonar el disco que tenías puesto y de repente, empiezas a oír la realidad. Tus pies andando sobre la tierra, el ruido lejano de un coche, una corriente de aire o el crujir de una hoja seca cuando la pisas. No pasa nada, qué decepción. La música mantenía el interés, le daba sentido a ese camino. Una mierda de sonidos que se te colaban por las orejas eran los responsables de que todo tuviera un porqué durante un rato y en un instante, sin avisar, te han dejado caer al puto suelo. La música le daba el toque trascendental al momento, como hace muchas veces. Pero también, en muchas ocasiones, la realidad no está a la altura.

Es entonces cuando me lo pienso dos veces, resuelvo que es mejor que mis pies no se eleven ni un centímetro del suelo, me resisto y al final no le doy al play