Dejar de viajar en el tiempo

No vivimos parados en el presente,

vivimos viajando siempre hacia el futuro,

a una velocidad, en concreto, de un segundo por segundo. 

Los científicos estudian la posibilidad de viajar en el tiempo.

Hablan de desplazarse al pasado o al futuro pero,

si nos movemos continuamente hacia el futuro,

¿no sería  más acertado decir,

en lugar de viajar al pasado, parar y,

en lugar de viajar al futuro, ir más rápido?

No sé.

Para que lo tengan en cuenta en sus ecuaciones.

Lee más Reflexiones ‘todo a 100′

Elige tu propia realidad

Pedaleo mientras la bicicleta no para de rebotar sobre los adoquines de la acera. Más adelante, a unos 20 metros, veo a un señor acompañado por un perro, el cual camina despreocupado pero consciente de que sólo puede alejarse de su dueño la distancia que le permite la correa. Los alcanzo y reparo en que el hombre tiene el móvil en la mano. Mientras anda lo mira como si estuviera escribiendo un mensaje. Decido adelantarlos por la derecha cuando, de pronto, el perro gira hacia ese mismo lado. Le esquivo con un golpe de manillar justo al mismo tiempo que el señor, sin levantar la cabeza, pronuncia la palabra “cuidado”. 

 

Si crees que “cuidado” me lo decía a mí pasa a la página siguiente.

Si crees que se lo decía a su perro pasa a la página 76.

Si crees que estaba escribiendo “cuidado” pasa a la página 1.

Si crees que estaba leyendo “cuidado” pasa a la página 98.

Si crees que se lo estaba diciendo a sí mismo por las consecuencias que tendría enviar el mensaje, pasa a la página 12.

 

 

 

 

19 January, 2012 | Comments Closed

Arroz amarillo

Qué gran poder aquel que consiste en enseñar un idioma. Además de manera natural, como lo hacen los padres. Transmiten a sus hijos, ni más ni menos, la forma en la que pensarán y se expresarán durante toda su vida. No creo que mi madre tuviera esto en cuenta cuando me hizo aprender nombres como “arroz amarillo”. Porque yo hablaba con mis amigos y, completamente seguro de que me entenderían, les decía que tal día yo había comido arroz amarillo. Entonces ellos arrugaban los ojos extrañados y me preguntaban: “¿Paella?”. A lo que yo respondía “No, no, arroz amarillo”.

 

Con el paso del tiempo comprendí que “arroz amarillo” no significaba lo mismo para mí que para el resto de la humanidad. Y, poco a poco, fui perfeccionando la explicación que acompañaba al arriesgado acto de informar a alguien de que había comido -o iba a comer- arroz amarillo: no es paella, es un arroz que hace mi madre en la olla. Lleva cebolla, atún, etc. En mi familia lo llamamos “arroz amarillo” y por eso yo también lo llamo “arroz amarillo”.

 

Asumí la diferencia de significado, creyendo además que en el futuro no pasaría lo mismo con otros nombres ajenos al círculo familiar. Mi sorpresa fue terrible cuando, siendo adulto, descubrí que la confusión podía darse con cualquier palabra: adjetivos, sustantivos, verbos, determinantes, conjunciones, adverbios, preposiciones e interjecciones. Todas y cada una de ellas están sujetas a la libre interpretación del hablante y del oyente. Es el talón de Aquiles del lenguaje, causante de que la palabra “lámpara” provoque imágenes distintas en la mente de cada uno de nosotros y active diferentes recuerdos. El punto débil de la comunicación que induce a los seres humanos al caos de la certeza individual y la ignorancia colectiva. La solución falsa a la Torre de Babel que nos lleva a seguir discutiendo cuánto dura “un rato”, qué es “justicia” o dónde está el límite entre “pedir” y “exigir”. A la vez, la bandeja en la que se nos ofrece la oportunidad única de encontrar a alguien que comparta nuestros significados (no nuestras palabras), alguien que sepa por qué reímos o por qué miramos. Alguien cuya imaginación ocupe el mismo lugar que la nuestra en el desierto del lenguaje.

23 December, 2011 | Comments Closed

Agujeros blancos

14 de febrero de 1982.

 

Hace dos años, en Londres, paseaba por Savile Row, la calle en la que los Beatles dieron el concierto en la azotea de las oficinas de Apple Corps, cuando, al echar la vista al suelo, observé un papel blanco aparentemente pegado, por la acción del viento, a la base de un árbol. Lo cogí, lo agarré con las dos manos y comencé a leer el texto escrito en inglés que contenía. Esta es la traducción:

 

En el universo de la gente, existen también, como en el de la astrofísica, increíbles singularidades. Personas que sólo pueden describirse con fórmulas que tienden a infinito y que, por su propensión a camuflarse confundiéndose con el entorno, pasan desapercibidas. Este tipo de seres humanos son los llamados “agujeros blancos”. Sus características son muy curiosas. Por ejemplo, aunque es imposible detectarlos a simple vista, los efectos que provocan dentro de su campo de atracción son muy poderosos. En él, nadie puede escapar a la creación del horizonte de sucesos, es decir, la temida fila de puertas abiertas, cada una de ellas apuntando a un futuro diferente.

 

Hoy vi un agujero blanco. Ella conocía muy bien la letra de “London Calling”, no paraba de cantarla mientras sonaba la música. Era extranjera y se advertía cómo no acertaba a pronunciar todas las palabras, pero cuando cerraba los ojos y el espíritu de Joe Strummer se apoderaba de ella, parecía haber escrito la canción con sus propias entrañas. Unos minutos después el horizonte de sucesos desapareció y todo volvió a la normalidad. Al mismo tiempo, la gravedad reanudó su actividad sin la presencia de la curvatura en el espacio-tiempo y siguió realizando el trabajo que mejor conocemos de ella: mantener el equilibrio.

 

19 December, 2011 | Comments Closed

Lámparas

Existe un lugar que define al instante. Un lugar con tal poder que cualquier persona, animal u objeto que cae en él, ve alterada su condición y se convierte en otra cosa.  Ese espacio único -no tardaré más en desvelar la incógnita- es la parte central del techo. La aparente inocencia de esta zona es una de sus armas, la bomba de humo que nos impide apreciar su acción alteradora de la realidad. Porque -y aquí resuelvo el segundo misterio- todos los elementos que sean colocados en la parte central del techo, acompañados por una bombilla, serán considerados, inmediata e irreversiblemente, lámparas. Es decir, que:

 

Si un ordenador portátil es colocado en la parte central del techo con una bombilla, dejará de ser un ordenador.

 

Si una moto es colocada en la parte central del techo con una bombilla, dejará de ser una moto.

 

Si un ser humano es colocado en la parte central del techo con una bombilla, dejará de ser un ser humano.

 

Dudo ahora al pensar en las lámparas de verdad. ¿Qué ocurre si una lámpara de verdad es descolgada? Pienso que no dejaría de ser una lámpara, pero, todas y cada una de las veces que la observáramos, echaríamos de menos a su creadora, su ama: la parte central del techo.

9 November, 2011 | Comments Closed

En el Hotel Mediodía…

… deben estar rezando para que no se estropee la primera D.

Hotel casi-me odia

3 November, 2011 | Comments Closed

Comprar condones

- Tío, me sigue dando corte ir a comprar preservativos.

- No te preocupes, los farmacéuticos están acostumbrados.

- Sí, acostumbrados a imaginarse follando a todas y cada una de las personas que entran a comprar preservativos.

10 October, 2011 | Comments Closed